Cuando era adolescente siempre pensaba que mi casa tendría un rincón con cojines, tipo hindú, tipo marroquí, tipo chill out. Acabo de recordar que incluso puse un rincón así en la primera guarida que tuve con mi pandilla adolescente. Creo que por entonces ni siquiera sabía lo que era el chill out; es más, seguramente ni existía y mucho menos sabía de la cultura hindú. Supongo que ya entonces soñaba con volver a casa, no a las cuatro paredes que me vieron crecer, sino a la matriz, al origen, al hogar del que procedo.
Insatisfecha desde que recuerdo, rebelde ante la injusticia, la crueldad, el desprecio. Un salmón nadando contra la corriente de la vida.
Puede que tantos años hayan agotado mi paciencia, puede que hayan colmado el vaso de las embestidas que uno puede superar. No lo se.
Sin embargo, cada día, me regalo una dosis extra de paciencia, un rayo de resplandeciente esperanza con la que colmar mis desánimos. Por eso me voy a la cama triste, pero decidida a que el día siguiente será diferente, a que mañana me regalará un nuevo hoy en el que sentirme plena, por fin. Por eso pienso que si en 100 días decidí que no volvería a hacer algo que hice durante 12 años, puede que necesite 200 para dejar de hacer lo que hago hace 23, que es atiborrarme, desbocar la comida en mi mente y sucumbir a la tortura de engullir sin pensar siquiera o precisamente para no pensar.
Cuando escribo esto vuelvo a esperanzarme. Decido que mañana tendré un nuevo día uno, que me daré 200 días o 400 o 500 para decir adiós a mi tortura particular. Me regalo esa idea, me entrego a la esperanza, me lo permito, me lo merezco.