martes, 16 de diciembre de 2014

340 días. Siguen los recuerdos

De pequeña siempre quería ir en pantalones, o no, porque tampoco me gustaban los pantalones cortos porque se me subían a la entrepierna. Pero recuerdo los leotardos en invierno como un calvario.   Me quedaban siempre pequeños y nunca subían, con la incomodidad que eso suponía. Creo que pensaba que no había leotardos mas grandes y que por el hecho de ser gorda nunca podrían quedarme bien. 
De mayor he descubierto dos cosas: una, que a todas las niñas se les caen los leotardos y dos, que ahora los prefiero a los pantalones. Disimulan mis muslos y me siento más cómoda. Increíble los recuerdos que uno puede tener de su infancia. 
Hoy no he ido a trabajar. Cada vez soporto menos la idea de buscar algo que ponerme y enfrentarme al espejo y las estrecheces. Después, ya vestida, me he dado cuenta que puedo estar incluso mona... Aunque nunca llegue a creérmelo mucho. 
He decidido que me voy a apuntar a la eternal race con mis compañeros de crossfit, faltan tres meses, puede que una meta de esas características me haga comprometerme conmigo de una vez. Puede que si, que esta vez, lo consiga...

jueves, 11 de diciembre de 2014

335 días. Afloran los recuerdos

Hoy buscaba un jersey de cuello alto para combatir este primer invierno frío después de tantos años. Ahora los adoro pero de pequeña no los soportaba. Me agobiaban y me hacían sentir muy gorda. De pequeña era bastante redonda, bastante más que ahora y un jersey de cuello alto no hacía más que recordármelo intensamente. Una vida entera viviendo en un cuerpo que no te gusta... ¿Cómo puede uno fingir que eso no es importante? ¿Cómo puede alguien pensar que un comentario hecho con desdén acabará con una tortura semejante?
Hoy me duele la espalda. Ya no se si es real o son excusas que se inventa mi cuerpo para no moverse, para poder seguir compadeciéndose, para entrar en espiral de abandono y lástima.
Esto no puede seguir así. Algo tiene que suceder...

miércoles, 10 de diciembre de 2014

333 días o 334...

Cuando era adolescente siempre pensaba que mi casa tendría un rincón con cojines, tipo hindú, tipo marroquí, tipo chill out. Acabo de recordar que incluso puse un rincón así en la primera guarida que tuve con mi pandilla adolescente. Creo que por entonces ni siquiera sabía lo que era el chill out; es más, seguramente ni existía y mucho menos sabía de la cultura hindú. Supongo que ya entonces soñaba con volver a casa, no a las cuatro paredes que me vieron crecer, sino a la matriz, al origen, al hogar del que procedo. 
Insatisfecha desde que recuerdo, rebelde ante la injusticia, la crueldad, el desprecio. Un salmón nadando contra la corriente de la vida. 
Puede que tantos años hayan agotado mi paciencia, puede que hayan colmado el vaso de las embestidas que uno puede superar. No lo se. 
Sin embargo, cada día, me regalo una dosis extra de paciencia, un rayo de resplandeciente esperanza con la que colmar mis desánimos. Por eso me voy a la cama triste, pero decidida a que el día siguiente será diferente, a que mañana me regalará un nuevo hoy en el que sentirme plena, por fin. Por eso pienso que si en 100 días decidí que no volvería a hacer algo que hice durante 12 años, puede que necesite 200 para dejar de hacer lo que hago hace 23, que es atiborrarme, desbocar la comida en mi mente y sucumbir a la tortura de engullir sin pensar siquiera o precisamente para no pensar.

Cuando escribo esto vuelvo a esperanzarme. Decido que mañana tendré un nuevo día uno, que me daré 200 días o 400 o 500 para decir adiós a mi tortura particular. Me regalo esa idea, me entrego a la esperanza, me lo permito, me lo merezco.