miércoles, 4 de diciembre de 2013

Y a veces hay esperanza

Durante 20 años de mi vida he ocultado a mi familia mis problemas con la alimentación. Durante los últimos 11, mi enfermedad: la bulimia. Pensé que me moriría con el secreto, bien por superarlo, bien por vergüenza por contarlo. Pero hace unos meses conseguí confesárselo a una amiga y hace unos días a otra amiga. Ese mismo día fuí a una asociación para enfermos de anorexia y bulimia y se lo conté allí a la psicóloga. Hoy a mi tía, mi otra madre y también hoy he ido al endocrino y se lo he contado a la enfermera y a la médica. Y no puedo parar de llorar, y solo quiero contarlo, contarlo, contarlo para liberarme. Vomitar todo eso que me he estado guardando para mi, para que no me haga daño dentro. El dolor sale por mi lagrimal a borbotones y son lágrimas de alivio, alivio por poder decirle a alguien porqué no quiero ir a una cena de navidad, porqué no quiero ir a una pastelería y porqué no puedo estar sola en casa.

La endocrino me ha mandado al psiquiatra. Cuando he salido de la consulta con la cita para el psiquiatra, la analítica en la mano, las palabras de la médico de que me curaré y la promesa de mi tía de que se vendrá una temporada a vivir conmigo ha surgido de mi alma un pequeño brote de esperanza.

¿Por qué no has pedido ayuda antes? No lo se, le dije. Tenía tantas cosas que arreglar antes! Y es cierto, la bulimia me servía para liberar esos sentimientos de impotencia y soledad pero esos sentimientos ya no están y ahora se ha quedado el apego, la adicción y ya no hay excusa. Ya no hay desamores, ni miedos, ni inseguridades que ocultar tras la comida. 

Al salir del médico he vuelto a descontrolarme, el propio llanto despierta en mi la necesidad de comer. Es como una droga, me calma... 

Pero no me importa porque hoy han pasado muchas cosas, hoy tengo esperanzas. 
Gracias por estar ahí. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario